Todos somos buenos
cuando dejamos este
mundo. Entre velas y pésames los más
grandes halagos llegan
de conocidos y
desconocidos. Ha muerto en
un accidente, es lo
primero que leo, y
lo que inmediatamente me
viene a la
mente es darme
cuenta de la
ingratitud del ser
humano que hace
del fallecimiento un
motivo para recordar.
A Fernandao lo
vi por vez
primera hace muchos
años. Apreciaba la liga
francesa y me
costaba entenderla porque
la transmisión era en
su idioma y
yo apenas hablo el castellano. Bueno, Fernandao era
un delantero fuerte, de
esos que nada
les sobra, pero cuya
potencia los hacia temible en las
embestidas y los cabezazos. No era una
mega estrella y
nunca lo fue, por
si algunos comentarios
post mortem intentan
aseverar lo contrario.
Es más, pienso que
ni siquiera llegó
a la altura
de un Luis
Fabiano. Lo suyo no
paso por hacerse
famoso en Europa, premisa casi
obligatoria para cualquier
auriverde. Él fue profeta
en su tierra. Consiguió la
Copa Libertadores y el Mundial
de clubes con
el Inter y
desde allí su fama
empezó a crecer aunque
no lo suficiente
para volver al
viejo continente.
No
tocaremos temas
personales ya que
no sabemos su
perfil como persona. Diremos que
tuvo su momento
de gloria y
dentro de esas
pequeñas estrellitas lidera
una lista donde
pululan nombres como Ricardo Oliveira, Rafael Sobis, Paulo Nunes, Mario Jardel, y otros
que ganaron, poco o
mucho, pero que no
fueron nunca figuras
rutilantes del fútbol.
No diré
si fue bueno
o malo. Tampoco detallaré
las causas del
deceso. Por si acaso
la morbosidad se
la dejo a
otro tipo de
periodismo o sociedad. Quiero recordar
a Fernandao como
la imagen que
dio la vuelta
al mundo, levantando la
Taca Libertadores y
siendo parte de
un equipo que
destacaba por su
pragmatismo y no por
su
fastuosidad.
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