sábado, 31 de enero de 2015

Dejando de jugar a la pelota



Su voz autosuficiente y pasiva, como si todo se tratase de un auditorio ubicado en el patio de su casa. Riquelme sigue haciendo de las suyas sin jugar más. La acaricia y la mueve de un lugar a otro. Él sabe que es único y lo peor es que todos también lo creen.

Siempre escuche de Boca y de la Libertadores. Un viejo romance platónico hasta fines del siglo pasado, y que curioso, en ese momento solo deseaba que el Palmeiras extendiese su hegemonía y que los de Bianchi solo fueran comparsa para el verdao de Alex, Asprilla y el arquero Marcos. También suelo recordar fines de los ochenta y al colosal Navarro Montoya, ojo, también a Claudio Marangoni, y como no mencionar al ya olvidado Jorge Comas. El mundo boca está de pena y vuelve a generarse la antiquísima premisa de que contra el tiempo nadie puede.

“Para mí es un día importante, en el cual he tomado la decisión de no jugar al fútbol, he sido claro después de ascender con Argentinos. Yo tenía claro que para seguir jugando a la pelota tenía que ser algo que me interese. Me pareció lo mejor tomarlo con calma y comunicar que no voy a jugar más”.

Juan Román Riquelme.


Y por fin después de tantos intentos la Copa volvió a casa. No estaba Hugo Gatti, pero había un Oscar Córdoba. No defendía Pancho Sa, pero existía un Jorge Bermúdez. Hace tanto ya de eso y las imágenes memoriales son casi borrosas. No importa, Riquelme hizo lo que quiso y jugó como sabia. Tenía en Serna y en Basualdo a una caballería de lujo. A Hugo Ibarra como su lancero y a Martín Palermo como su verdugo ideal. Perdón si me olvido de otros memorables.


Que puedo decir ahora, sino que su fútbol nunca me agradó. No por algo Louis van Gaal se mandó una celebré a su llegada al Barcelona la cual, el volante argentino recuerda hasta ahora.

“Cuando llegué, me dijo, usted es el mejor jugador del mundo cuando tenemos la pelota, cuando no la tenemos jugamos con uno menos”.




Eso era Riquelme, un maestro con el balón en posesión y un flojo cuando el rival la tenía. Un guante sí, pero un desganado cuando había que recuperarla. Que puedo decir, creo que nada más. Y me despido pensando en aquellas noches coperas donde el invencible Boca me hacía pensar que la Libertadores no debería jugarse, y que desde ya deberían mandarla hacia la Bombonera. Qué curioso pensamiento para alguien que grababa en una cinta de VHS la hazaña de un xeneize, pero que íntimamente deseaba un triunfo brasileño. Bueno, aquella vez ganó el mejor y hoy se marchó uno de los mejores. Es digno aceptarlo. 

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