La estética nada tiene que ver con la efectividad. Hay grandes que nunca llegan a serlo o hay buenos que jamás presumen de ello. Gary Lineker era de aquellos delanteros que hacían de la efectividad un placer y del olfato una virtud.
Su nombre ha quedado en el olvido, aunque pensándolo bien, ser contemporáneo con Zico, Maradona, Matthaus y otros, no le auguraba un puesto en el podio.
Tan importante defender como atacar, el inglés no sabía más que definir. Resolver los esfuerzos de un John Barnes o Chris Waddle. Culminar los servicios de Brian Robson, o por último, simplemente hacer que el desgaste de David Platt valga la pena.
No hizo lo que sabía en el Barcelona (1986), hizo lo que quiso en el Tottenham (1989), y con la “Rubia Albión” fue condenado por la mano de Dios (86) y sepultado por el empuje alemán (90).
La amnesia de los balompédicos ofende a los maestros, y entre tanta monarquía los ilustres no llevan corona, los venerados luchan en el frente.




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