No solo de pan vivirá el hombre. Dos líneas de cuatro y los pequeños para golear. Argentina presentó en Berna a sus estrellas y a sus lagunas. Jugadores que desequilibran por su calidad y que preocupan por su escaza versatilidad.
Es notorio que para Alejandro Sabella hay dos jugadores que gozan de su total confianza. Uno de ellos es Rodrigo Braña (su capataz en el campo) que pese a su fracaso en el Benfica vuelve a la selección para imponerse a Gago. José Sosa toca su violín al tono que más le agrada al entrenador albiceleste y Marcos Rojo, aunque suplente, es otro bolo fijo del ex jugador del Sheffield United. Hugo Campagnaro (Napoli) y Pablo Zabaleta (Manchester City) cumplen con estacionarse por las bandas, pero no tienen subida y si lo hacen no les pidan desborde.
Messi haciendo de nexo con Agüero (debemos reconocer que los defensores en el viejo continente son bastante limpios) y Sosa recostado sobre la izquierda con la meditación ideal para pasar, pero sin el empuje necesario para colaborar con Zabaleta en la marca. El ingreso de Eduardo Salvio dio un poco más de profundidad por los flancos, zona inexplorada por los argentinos. Por otro lado, ninguno de los volantes tiene gol, limitándose todo a una corrida de Messi o una acción intrépida del “Kun”.
Argentina acaba de lograr un triunfo en Berna, un dulcecito para los enamorados de Messi, pero una prueba más para los que sostenemos la postura que el fútbol es un juego de conjunto y que Argentina carece de esto.
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