En un juego colectivo las individualidades están para servir y no para que las sirvan. Arthur Antunes Coimbra “Zico” era parte de un conjunto y él nunca lo discutió, siempre pieza de un todo y nunca monarca de algo.
El majestuoso brasileño que se encargó de llevar a la cumbre al Flamengo haciéndolo campeón de la Copa Libertadores y de la Intercontinental (1981), era un ángulo de ese formidable quinteto que Tele Santana tuvo a bien presentar en España 82. Una orquesta que deambulaba a su libre albedrío pero interconectados mentalmente y siempre dispuestos para el lujo constructivo y el pase preciso. Técnica y movilidad al servicio de la orquesta auriverde, y Sócrates llegando por los costados, y Toninho Cerezo copando la cervical, y Falcao limpiando y rematando, y Eder bombardeando desde la izquierda, y Zico construyendo y culminando.
Ese era el Brasil de Junior y Leandro por los laterales, de Oscar y Luizinho en la zaga y los discutibles y cuasi innombrables Chulapa Serginho y Waldir Pérez completando el equipo (en todo rebaño hay ovejas negras). Encantos futbolísticos que unían a las naciones y que proclamaban la victoria carioca en tierras hispanas. El sueño no sufría mutaciones pero llegó la hora del verdugo italiano que hizo de Paolo Rossi el filudo puñal que cegaría las ilusiones del gigante sudamericano. Penal errado en México 86 y Brasil queda eliminado por culpa de los franceses. Ya no era el mismo de antes y tenía que conformarse con ser un recambio de lujo para los emergentes Muller y Careca.
Paseos efímeros por el balompié italiano (Udinese) dieron inicio a la nueva profesión del Pelé blanco, los banquillos lo aguardaban y él no tuvo mejor idea que embarcarse donde colgó las botas, el aún desconocido y caricaturesco fútbol japonés. Así pasaron los años del más grande, aunque ya poco recordado Arthur Antunes Coimbra Zico, un anónimo en estos tiempos, uno de los grandes de todas las épocas.
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