Cuando el éxito te acompaña
no importa por
donde camines. Apuntaba alto
y los que
lo vieron o
descubrieron no se
equivocaron. Nació para hacer
algo, pero hizo mucho. La historia
clama a esos
grandes que son
parte del olvido
y reta a
quienes intentan boicotear
el pasado y
vivir del superficial
presente.
Tan
solo
ocho años y
ya marcaba 16
goles en un
partido. Noticia que sorprendía
por minutos, pero cuyo
futuro guardaba un
legado eterno. Jürgen Klinsmann
no tiene nada
más que demostrar. Miembro del
triunvirato interista que
martillaba la hegemonía
holandesa del Milan.
Nunca pudo ir
contra la corriente. Y así,
una Copa
UEFA fue suficiente
para sentar sus
atributos en el
equipo de la
paciencia extrema y del
pasado ultra defensivo.
Escapando
del
fracaso acabó en
el Mónaco, pero su
destino ya estaba
escrito y nuevamente
el autor había
sido el rossonero. Semifinales de
la Copa de
Campeones y la
cuenta aún seguía
pendiente. La deuda estaba
congelada y había
que restarle cifras
al asunto. White Hart Line su
nuevo hogar, el Tottenham
como animador y
Klinsi nombrado como
el mejor de
la Premier.
Era
tiempo
de regresar y
como el Stuttgart
no era una
buena opción que mejor
que recaer en
el más importante, en el emblema
de una nación. Copa
UEFA con el
Bayern Múnich seguida
de la Euro
96 con la
Mannschaft.
Para
los
creyentes no hay más
que acotar. Una bestia
negra, la gloria mundial
y terminar donde
se tiene que
terminar, en los banquillos. Con sus
goles cambió el
rumbo de un
país y sus
ideas aportaron para
una revolución. En tierras
del tío Sam
un alemán clama
por su historia sin
saber que el
destino ya le
otorgó lo que
tanto merecía.

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