“Terminelo
así nos vamos
todos a Buenos
Aires”. Le reclamaba Fernando
Morena al árbitro
argentino Jorge Romero, sin
saber o imaginar
que segundos después
marcaría el gol
que le daba
su cuarto título
continental al equipo
manya.
Cobreloa era como
decir San Lorenzo
en la actualidad. El equipo
de moda que
tenía una segunda
oportunidad de alcanzar la
gloria en la
Libertadores. El conjunto de
Calama que definía
en Santiago y
que apostaba a
su revancha y a
la calidad que
ofrecían Mario Soto, Washington Olivera
y el internacional
Oscar Wirth. Porque ese
Cobreloa sí que
era duro y complejo.
Porque ese Cobreloa
solía hilvanar con criterio
desde atrás e
intentar la penetración
a través de
alguna pared por
fuera.
Pero Peñarol tenía
su libreto bien
aprendido. Apostaba a la
solidez de una defensa donde
Nelson Gutiérrez y
Walter Olivera ahogaban
al centrodelantero rival, mientras por
las bandas Víctor
Diogo y Juan Vicente
Morales intentaban clausurar
las arremetidas de
los extremos chilenos. Mayor problema
hubo por la
izquierda puesto que
Hugo Rubio hizo
de las suyas
en varios pasajes
del partido. Después el
asunto corría a cargo
de los expeditivos
Mario Saralegui y Miguel Bossio, aunque dicho
sea de paso
el brasileño Jair
tampoco se desentendía, puesto que
cada vez que la jugada
lo ameritaba no
se sonrojaba para
cortar con rudeza
y sin tapujos.
Venancio Ramos
como el antiguo
wing izquierdo y
Ernesto Vargas con Enzo Escobar
sosteniendo un duelo
más que interesante. Walter Olivera siempre buscando
el desborde o la pared
con algún compañero
y Morena se
recogía unos metros
para darle salida
a un equipo
que desde un
principio fue apabullado
por el conjunto
local. Víctor Merello para
la distribución y
Mario Soto liderando
una defensa que
tuvo muy poco
apuros.
Era hora del
final y pienso
que Peñarol estaba
de acuerdo con
ir al tercer
partido. No había más
que decir porque
el cansancio y
la presión desbordaban
y creer en
algún milagro estaba
de más para
aquellos que presenciaban
el encuentro. Y llego
aquel minuto 89, faltaba
un poco y
Morena pedía el
tiempo, sin embargo, tenía que
cumplirse lo reglamentado. Wirth saca
rápido y apurado, era
una jugada sucia
que Diogo rechaza
sin prolijidad. Bossio la
revolea y Saralegui
casi de compromiso
sirve para Venancio
Ramos. Después todo fue
obra de Venancio. Corrida desaforada
con el último
aliento y centro
al segundo palo
de Wirth donde
Morena no logra
controlar y cayéndose sombrea
el balón sobre
la humanidad del
arquero naranja. Gol de
Peñarol, gol de Morena, gol
señores, gol para aquellos
que no creían. Peñarol es
campeón de América.
“Al camarín de
los vencedores llegaron
para sumar felicitaciones el
presidente de Cobreloa
Sergio Stoppel, y el
hacedor del equipo, Vicente Cantatore. El profesor
Walter Rienzi instaló
allí mismo su
sala de primeros
auxilios. La cintura de
Gustavo Fernández, las rodillas
de Morena y
Saralegui, los meniscos de
Ernesto Vargas, el golpe
en la tibia
que arrastra el
Indio Olivera. Las cicatrices
de un triunfo
que, como todos los difíciles,
no se
consiguen en un
lecho de rosas”.
Así definió el Gráfico un triunfo
memorable y pienso
que demás está
decir que los
milagros existen. Solo sé
que el destino
hablo esa noche
y a veces
creo que él
es el único que tiene
la última palabra.
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