Pregonar con
el ejemplo y
no con las
palabras. Corajudos, resistiendo
con estoicismo, ganando,
llorando, sudando, sangrando. Sin
balones de oro
ni botines de
reconocimiento, ellos hacen lo
que hicieron siempre, luchar para
triunfar y pelear
para conseguir.
Por los
aires del Camp
Nou Godín le
entrega un título
al rojiblanco. Lugano atropella,
pero era
la única manera que
el Sao Paulo o
Uruguay volvieran a
rozar la gloria. Porque aunque
ahora enseña en
Peñarol, todos saben que Montero se
impuso en Italia. Y qué
decir de Obdulio
Varela y su “Cumplidos solo
si somos campeones”
o del Cholo
colchonero y su “Si crees
que puedes lo
lograrás”.
Porque la
técnica es de privilegiados o
de empeñosos, pero el
corazón se amolda
con las vicisitudes. Porque el
pundonor se adopta
con los inconvenientes. Porque un trofeo se
gana con ambición, inteligencia y
amor propio.
Y no
quiero olvidarme de
Buffon y su pasión al
cantar su himno
o de Kempes
y su arremetida
para obtener un Mundial. Porque aunque
la memoria es
ingrata ni siquiera
ella puede soslayar
u opacar a un
Chicho Serna, a un
Dunga o a
un Juan Fran. Porque el
llorar es parte
de un hombre. Porque el llorar
es sinónimo de
virilidad.
De Uruguay, de
Paraguay, de Argentina o del viejo continente. Los hubo
de todos los países,
algunos con mayor
suerte y otros
con la satisfacción
de haber dejado
todo. Esa satisfacción pasajera
en el presente, pero valedera
en un futuro. Busca y
lucha porque está
claro que el
fútbol también puede
enseñar.
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