Termómetro y
brújula. Así era Didier
Deschamps en su
etapa como jugador. Ahora, al saber
que no cuenta
con un diferente
apuntala su mediocampo
y deja a
su libre albedrio
a los ofensivos
para que puedan
explotar los espacios. Una
Francia de contragolpe, no se
sorprendan, porque este equipo
se amolda más
a esperar y
no a salir
a buscar.
La clave
está en Cabaye, Matuidi y
Pogba. Esa línea Maginot
que intentará bloquear
las intenciones ofensivas
de los rivales
de turno. A ellos
hay que añadirles
una defensa fresca, pero
todavía inexperta en
estas grandes competencias. Raphael Varane
lidera una zaga
donde sorprende la
revalidación de un
Patrice Evra de
discreta temporada con el Manchester
United. Y que podemos
decir de Mamadou
Sakho del Liverpool. Todo un
portento físico que
ha sabido imponerse
al gunner Koscielny
y al aún
desconocido Eliaquim Mangala.
No queremos
encasillar a los
franceses en ese
juego de esperar
la oportunidad, sin embargo, ya
en las eliminatorias
hemos notado que
la ofensiva recae
en el desequilibrio
del ausente Franck
Ribery y del
pequeño Mathieu Valbuena. Es
decir, no hay demasiadas
variantes. No existe un
enlace, tampoco un atacante
que pueda recogerse, y
mucho menos, un centrocampista que
pueda ponerse el
equipo al hombro.
Un conjunto
joven con buenas
individualidades, pocas eso sí, y
pienso que insuficientes
para asaltar esta
Copa del Mundo. Deschamps sabe
que no hay
mucho para escoger. Sabe
que Giroud ha
hecho las cosas
bien en Inglaterra, pero que
no tiene el
nivel de Benzema. Que
el mediocampo puede
ser incansable, pero que
carece de fantasía. Que
sin Ribery el
asunto se ve
más complicado y
que lamentablemente todo
la responsabilidad se
posará en los
botines de Valbuena.
Francia es
un grande con
una generación en
crecimiento. No parte como
favorito aunque tiene
que tomar la
iniciativa en su
grupo. La Francia de
Deschamps hace lo
que puede y
apuesta por lo que tiene. Poco
o mucho solo
el tiempo y
los resultados lo
dirán.
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