El fútbol ya
no se juega
como antes. Ya no
hay ese frenético
deporte de contacto, ya
no hay más lodo en
la indumentaria y las champas
de césped ya
no vuelan por
los aires. Uruguay y Chile
disputaron en 1987
una final continental. Un partido
que fue más
que una lucha. Un
partido donde la
guadaña se presentó
en todo su
esplendor y se
convirtió en el
examen obligatorio para
ser considerado un
campeón.
Ahora el juego
es a guante
blanco. Como que los
mandamases han deseado
cambiar el arquetipo
original y plantear
un libreto más
elitista. Comer con cinco
tenedores no es
lo mismo que
buscar desesperadamente el
alimento. Bueno, Uruguay se mostraba
con una férrea
defensa y con
un cuarteto ofensivo
que combinaba velocidad
y desequilibrio.
Que extraño es ver
que
un conjunto se
compone en general
de jugadores locales. Pues
así era la
celeste en ese
momento. Actual monarca y
que se aseguraba
con 3 jugadores
de Peñarol en
la defensa. El barbado
Eduardo Pereira bajo
los maderos, el aguerrido
Alfonso Domínguez sobre
la derecha y
Obdulio Trasante como
segundo central. Completaban la
zaga el rápido
José Pintos Saldaña
(Nacional) y el
peculiar Nelson Gutiérrez
(River Plate. Arg).
Las patadas iban
y venían, porque antes para
ser crack tenías que
sortear muchos escollos
y no ver
simplemente que los
demás aprecien tu
talento. Francescoli hacia lo
que quería, pero de
inmediato una pierna
cortaba su cabalgada. Bengoechea (Wanderers) trataba de apurar,
sin embargo, allí estaba
la maraña chilena
para desesperar al
actual seleccionador peruano. José Perdomo (Peñarol) era un
verdugo que te
perseguía por todo
el medio, mientras el
gigante Gustavo Matosas (Peñarol) demostraba, cuando podía, que
su remate desde
fuera del área
era temible. Dos legionarios
para conformar la
ofensiva. El héroe riverplatense
Antonio Alzamendi moviéndose por fuera
y el zaragocista
Rubén Sosa desgastándose con
diagonales.
El gol fue
un rebote tomado
por Bengoechea, donde quedo
corroborado una vez más que
Roberto Rojas no
contenía en primera
instancia. Después todo continuó
igual. Lucha tras lucha, golpe
tras golpe. Letelier era
el único que
asustaba y Romualdo
Arppi Filho intentaba
mediar una batalla
que no tenía
tregua.
Ya no hay
más que contar. Solamente ver
que el fútbol
ya no es
fútbol. Olvidados esos tiempos
sin canilleras, pero con
el carácter suficiente
para no darse
por vencido. No habían
celebraciones fastuosas, aunque sí
la seguridad que
no te regalaron
nada. Porque el fútbol
es sinónimo de
un esfuerzo constante
y no una
pasarela donde deben
desfilar los últimos
iconos de la
moda. Uruguay y Chile
protagonizaron hace mucho
una final, una verdadera final donde
debías dejar la
vida. Así lo sabían
ellos y eso
fue lo que
hicieron.

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