Mi madre
solía decir que
cuando un hombre llora
por una mujer
la maldice para
siempre. Pongo en tela
de juicio lo
aseverado por mi
progenitora. De maldiciones es
mejor no hablar, porque quién
sabe y podríamos
caer en una
aberración. Sin embargo,
después de 8
posibilidades algunos pensaran
que las casualidades
no existen y que los
conjuros son más
creíbles.
Ni mencionar
su nombre. Para qué
hacerlo si ya
todos conocen la
historia. El Benfica lo
sufrió desde varios
ángulos. En los penales, en
las postrimerías, en las
conferencias, en los vestuarios
y hasta alguno
por allí se
atrevió a rezar
frente a una
tumba. Cuando se quiere
ganar todo es válido.
Viéndolo desde
el lado más
cuerdo podríamos definir
este maleficio en el miedo
que los lisboetas
han ido acumulando
con el transcurso
de los años. Es
sabido que lo
mental es casi
o más importante
que lo físico. Basta
con solo mirar
el rostro de
los jugadores antes
del lanzamiento de los penales. Cardozo estaba
muerto de miedo
y Rodrigo sentía
que el peso
de todas esas
décadas estaban sobre
sus hombros.
El Benfica
no gana por
culpa de sus miedos,
aunque es más
pintoresco agrandar el
mito. Lo que sucede
es que hay un
trauma psicológico que
inconscientemente agrede a
las águilas cada
vez que hay
una definición europea. Era
casi desesperante ver
como Lima, Garay y
hasta el propio
Gaitán desperdiciaban oportunidades
que hubieran inclinado
la balanza a
favor de los
portugueses. Pero bueno, la historia
ya es conocida
y por enésima
vez todos hablaban
de la maldición
y no del
juego en sí.
Que si
hay que esperar
100 años, no lo sé.
Y creo
que adivinarlo sería
como caer en
aquella premisa de
la suerte. El Benfica
es más que
un juego de
azar. Es Eusebio, es Coluna, es
Magnusson, es Rui Costa. El
fútbol es un
juego y los espacios inentendibles
deben ser cosa de
eruditos y no
periodistas.
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