La muerte tiene algo
de grandiosa, que te da el protagonismo que quizá nunca tuviste. Hace más de
una semana que se ha marchado Johan Cruyff, ese poeta del fútbol que con
cigarrillo en mano desafiaba al mundo, y con sus incursiones incontrolables retaba
la lógica.
Algunos lo asemejaban
a los eximios personajes de cien años de soledad y otros simplemente guardan un
minuto de silencio antes de cada partido. No hablemos de enfermedades ni de
recuerdos, porque cuando la memoria acumula imágenes es porque desconoce de
pasados y de tiempos antiguos.
La muerte no le otorga
protagonismo al viejo tulipán. Qué más puede pedir el mejor jugador holandés de
todos los tiempos si la vida le dio fama y reconocimiento. Acaso un minuto de
silencio es suficiente para honrarlo. Se necesitarían miles de minutos y creo
que la vida misma no alcanzaría. Porque así como Garrincha murió en el abandono
y como el “zorro” Sep Herberger dejó este mundo mirando fútbol, estoy seguro
que el buen Johan ha expirado soñando con un nuevo amanecer del Ajax y con una
prolongación exitosa del Barcelona. Y es que Cruyff fue superior a muchos, y no
es que quiero que les duela, es que quiero que lo acepten. Como no aceptar que
aquella Europa de los setenta, tan anticuada como fue, tenía tanta justicia que
permitía que chicos y grandes jugaran de pie y no uno encima del otro.
Las metáforas se las
dejo a los que conocen y las palabras exactas para los que saben emplearlas. Porque
la muerte acechaba y él lo sabía, y aunque seguía mirando al frente también se
daba cuenta que las cuentas estaban por cobrarse. Tal vez la Copa del Mundo no
era para él y a lo mejor la Copa de Europa fue su eterna enamorada. Solo Cruyff
lo sabía y no se lo dijo a nadie, y no tenía porque, puesto que los secretos
mejores guardados son lo que hacen de los humanos unos genios.
Despedidas incansables
y un sin número de mensajes de pésame. De qué sirve informar sobre su muerte y
de que sirve hablar de sus logros. Cuando mueres todos somos buenos, pero la
vida es tan justa con Johan que no necesitó de la muerte para ser importante,
todo lo contrario, su deceso fue un magnifico motivo para hablar de la muerte.
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